miércoles, 29 de octubre de 2014

El privilegio de viajar en tren: God bless the Metro system

Ilustración Maria José Gómez
“¡No dejen entrar más! ¡Esperen el otro tren! ¡Oiga hijueputa no me sobe! ¡Qué gonorrea de servicio!” – Hoy viajé en Metro y sentí que me gané el Baloto, qué fui afortunada, qué Dios se acordó de mi por un momento; luego de intentar inútilmente llegar a tiempo a casa, cosa que nunca sucederá en este valle. Sí, logré viajar en Metro, logré subirme en la estación Industriales pero vía al sur, para devolverme hasta el norte. Viajar en metro pasó de ser un servicio de bienestar a un privilegio que solo se dan quienes toleran y empujan, pasamos de ser cultura pujante a empujante.

Tardé tres horas en llegar a mi casa, mientras atónita veía como ríos interminables de personas en las estaciones hacían filas, se sentaban, se empujaba, se emputaban. Las frases de arriba no me las inventé, incluso me censuré para escribir el resto que escuché y lo que vi. No, no hablaré de la Cultura Metro, solo contextualizo mi viaje en tren durante dos horas, cuando el sistema más eficiente e innovador de Medellín dice que debería tardar sólo cincuenta minutos. Entiendo que hoy fue un caso ‘especial’ como decía el informe en el parlante del tren, pero no creo que sea distinto el resto de días. Durante el viaje pensé todo lo quería decir en medio de ese sonido agitado, convulsivo y agreste de la hora pico en el tren más admirado del país.

Parece increíble que un sistema pensado para mejorar la calidad de vida, el desarrollo social y la cultura de una sociedad, se haya convertido en un problema mayor que el que trató de solucionar a finales del siglo XX; que ahora incluye problemas de convivencia, de tolerancia y de respeto por los demás, además de los problemas de movilidad que busca solucionar desbocando todo el transporte del Valle de Aburrá en sus taquillas.

Quizás crean que es una cátedra goda o una queja de alguien enajenado que no ama su tierra y en este punto, señor lector, déjeme decirle que puede parar de leerme porque tal vez ofenda su muy liberal forma de pensar o su enorme ‘sentido de pertenencia paisa’, y si no entiende las comillas le diré que en este texto no encontrará la explicación. Y aclaro, esta es mi apreciación personal del tema.

No sé qué momento puede ser más desastrozo, si el de planear un sistema de movilidad con vida útil de 10 años (que ya desbordó su capacidad hace rato) en una ciudad que crece desmedida; o bien a quién se le ocurrió que la manera de mejorar la movilidad era volcar todos los pasajeros y rutas al Metro. Parece que no fue suficiente con sacar sistemas de transporte más eficientes y limpios a mediados del siglo pasado, sólo por el bien particular de algunos. Quitaron el tranvía y ahora ven lo importante y necesario que es, y tuvieron que volver por él. Y así nos seguiremos yendo. 

Aclaro que el problema no es el medio de transporte, sino el sistema que se usa para administrarlo e implementarlo. Copiamos modelos de otros países pensando a medias en la infraestructura, sin tener en cuenta que tanto el factor social como la geografía son distintos, somos felices extranjerizándonos y por eso sacrificamos la verdadera calidad de vida, tratando de imitar a otros. Nada raro en nosotros, y si no cree, lea el titular con la voz de la traducción al inglés de los mensajes del Metro.

Hay un grave problema de planeación que olvida la geografía montañosa, la estrechez de este Valle y su imposibilidad de ampliar vías paralelas al río, sumando a esto que no se tiene en cuenta el crecimiento poblacional para planear mejores estrategias para la movilidad. Y no es un problema que deba resolver solo Medellín que es la ciudad más grande, es que es un problema del área metropolitana, debe ser un esfuerzo conjunto para construir mejores estrategias que involucren todos los transportes.

A esto también se suma el asunto de la regulación de compra, venta y circulación del transporte. Me causa gracia que todos se tiren la pelota, políticos y ciudadanos. Que se crean moralmente superiores por andar en bici o que un auto particular insulte a quién anda en ella y se crea con derecho total de la calle, o que un busero hable mal de Metro o que, esta institución que ya no da abasto; insista en que es la mejor, única y verdadera forma ágil, rápida y segura de llegar a casa. Creo que todos los medios pueden tener cabida en las vías de este parqueadero grande que se volvió la ciudad, pero es necesario, repito, ajustes y controles para los medios de transporte.

Es absurdo pensar que más de cuatro millones de personas anden en bicicletas, o en autos, o en buses o sólo en tren o bus articulado. Sobre todo más absurdo que el tren quiera acapararlos a todos, comprimirlos en un vagón y pretender un buen comportamiento social cuando no cumple su promesa ágil, rápida y segura.

Escribo tal vez, con mucha subjetividad porque es inconcebible que se siga pensando en el bienestar personal sobre el colectivo, y que gracias a esto sigamos soportando filas de horas para llegar a casa o pagar dos buses para pasar de un barrio a otro, o que nos tiren el carro en la autopista o que un ciclista llame idiotas a quiénes tiene auto. Es una intolerancia colectiva producto de la carrera por ver cómo poder llegar primero que los demás.

Personas estrujadas, personas que golpean ventanas, personas que cruzan la línea amarilla en un tumulto para subirse al tren a las malas, personas que insultan y golpean a otras personas, pero insisten en que el sistema no está sobrecargado. Será que están esperando a que el Metro ponga su cuota de muertos por accidente de transporte público, para buscar una solución al sobrecupo que está presentando.

Pero como dijo la señora a mi lado, luego de ser arañada, insultada, doblarse el pie y ser estrujada para montarse: Dios bendiga al Metro. Porque no sólo para pensar en el bienestar personal somos buenos los paisas, también para tener esa moral superior de acribillar a aquél que hable mal de esa sagrada institución llamada Metro, que se convirtió en una religión para esta sociedad, y la religión como dicen, es el opio del pueblo. Seguro por eso no fue importante para ella que le dijeran “¡perra hijueputa, deje de estorbar!” y responder “¡coma mierda!” porque claro… God bless the Metro system!

PD: Ojalá la sagrada institución no me excomulgue y me mande a bajar este texto porque daña la favorable imagen que tiene todos de ellos.





viernes, 20 de junio de 2014

El principio y el fin en su boca

No sabía cuál parte de su cuerpo le gustaba más. Si sus dos tetas con lunares estratégicamente puestos en la piel blanca y sus pezones. O su cuello que terminaba en la clavícula marcada que se extendía hasta los hombros tostados por el sol, donde se marcaban pecas y otros lunares que se confundían con estas. Tal vez la comisura de los carnosos labios que a veces llevaba rojos. Quizás la línea que bajaba marcando el camino hacia sus caderas, sobre las cuales descansaban un par de hoyuelos parecidos a los de sus mejillas. Debía ser la dureza de la pelvis que precedía la sombra oscura que cubría la carnosidad rosada de sus vagina, esa que se unía con su trasero, mientras las piernas abiertas le ofrecían un largo camino hacía los pies que por obligación también tenía que besar para, nuevamente, llevarlo a recorrerla de abajo hacia arriba y viceversa. Cada que la besaba, debía lamerla completa para recordarla con su boca.

La recordaba con cada papila, reconociendo en ella la sal de su cuerpo, los lugares dulces, aquellos con un toque de acidez o tal vez, esos que no lograba describir como el sabor de la saliva dentro de esos labios apretados contra los suyos cuando lograban encontrarse. La lamía para memorizarla. La lamía para tener lo más fiel posible, el recuerdo del lugar donde quería venirse cada vez que comenzaba a penetrarla, mientras ella se derramaba por las piernas sobre él. Una difícil decisión. Aunque en el momento justo, su cerebro se exaltaba con aquel sabor que más excitación le había producido a todo el cuerpo, así cada vez la redescubría y la reinventaba, y al final, la llenaba de él. En cada follaba marcaba una parte, que al final se llevaba con él cuando la grabada en los recuerdos de ella.

Después de venirse en el lugar escogido, la olía completa, también para recordarla suya, con la marca de él, de su olor mezclado con el humor que emanaba cuando su cuerpo temblaba porque su clítoris vencido decidía que era momento de desconectarse del cerebro y morir un poco en un orgasmo que él arrebataba de ella con fuerza, haciendo que se arqueara y quisiera partirse en dos, bien sobre él o bien debajo de él, o mejor aún, con él en su boca. Cuando eyaculaba en su boca, recordaba que en aquella tibieza y humedad era donde mejor se sentía, donde mejor era bien-venido, donde recordaba quería pasar el resto de su vida. Eyaculando en ella y que luego tragara para que le devolviera aquel esperma en palabras que le hacían querer volver a comerla, lamerla, follarla, tenerla, apresarla en eso que, para ambos, era su forma de amarse sin haberse amado por completo.

Para ella, decidir cuál era su lugar favorito de toda la piel que abrigaba aquel cuerpo, también era difícil. Cada vez que le tenía, lo recorría con su aliento, con su olfato, con su boca y con su lengua, con sus manos, quería grabarlo como un mapa con todos sus sentidos, quería llevarlo en la piel, en los ojos, en la lengua, en sus oídos, en su cabeza. Quería llevarlo consigo entre las piernas, dentro de la boca, con las manos, quería tenerlo para sí, para ella, de ella.

Comenzaba lamiendo aquellos labios y luego respirando en ellos, y bajaba por el cuello, rodeando el torso, sin importar cuánto tiempo tardara en llegar aquella línea que marcaba el camino, aquella línea que le indicaba el principio y el fin, circundantes e infinitos, dentro de su boca. Tal vez y de manera más clara, a ella le gustaba su boca y a él también. Ambos coincidían en eso, por eso, aquella boca roja era la entrada a ambos cuerpos, a ambas mentes, a ambos. Era lo que les unía de manera certera y fuerte, porque con ella hacían amor y hablaban de él, lo construían, lo excitaban y lo decostruían para volver a empezar cada vez que ambos se venían y querían seguir hasta caer rendidos, mojados y unidos... cada que se encontraban en sueños compartidos.

domingo, 18 de mayo de 2014

Diecisiete minutos

El sol de las 8:43 de la mañana, normalmente, no es tan fuerte, ese sábado se sentía más caliente y las sillas de mimbre estaban bastante tibias. El balcón era un espacio transparente en el que un cristal separaba a las personas del vacío absoluto. Se sentó allí, veinte metros arriba de la calle inclinada por la que transitaban unos cuantos carros a esa hora de la mañana, a observar un pequeño paisaje verde al otro lado de esta, que otrora fuera un bosque y que ahora se interrumpía por una construcción urbanizada de casas iguales en las que tal vez con suerte hubiese gentes diferentes, carentes de completa lucidez y repletas de pensamientos comunes.

En la madrugada había llovido y el pequeño bosque brillaba bajo aquel sol que prometía ser inclemente. Los vestigios de humedad se notaban en la calle, que en los extremos se veía más oscura. Olía a fresco, el aire estaba fresco. Detrás de sí, la montaña sostenía algunas nubes que si su pronóstico estaba correcto, para el medio día estarían dispersas. Miró de nuevo la calle a través del vidrio, este no tenía más de un metro de alto. El día brillaba y había en el aire una tranquilidad que circulaba con el viento, en definitiva ese era un día perfecto para morir en completa paz. Se puso de pie y asomó su cuerpo un poco para ver la altura de la caída. En una mente inquieta por la duda de la muerte, aquella mañana era perfecta porque incitaba la calma de los pensamientos vertiginosos de quién se suicida.

Diecisiete minutos lo separaban del pavimento humedecido. Le gustaban las horas en punto y las fracciones exactas, así que lanzarse antes de las nueve de la mañana habría sido más perturbador que los pensamientos acelerados sobre la vida en su cabeza. Contemplaba con apacible calma los adoquines puestos geométricamente veinte metros más abajo, se veían más ocres por el agua y la luz que a esa hora los iluminaba. Se arrojaría sin intención alguna de sobrevivir a ello, así que revisó nuevamente su colección de grabaciones de caídas extraídas de la deep web, ese espacio en el que durante años encontró material prohibido, para analizar y tratar de escrutar  fragmento a fragmento la cara de quiénes se lanzaban, tratando de comprender en sus miradas y en sus sonidos qué pensaban mientras se acercaban al suelo.

A esa altura, las probabilidades de sobrevivir se reducían a un milagro, uno que lo dejaría en el mejor de los casos cuadripléjico y vegetativo, pero no creía en milagros; cuando la mente está dispuesta a morir abandona por completo el cuerpo antes que este haya muerto y su mente ya estaba muerta. Regresó al balcón, puso las manos en la barandilla de metal y la apretó, cerró los ojos, escuchó las aves, los carros, las voces del resto de apartamentos, como podaban el césped, como se agitaban las ramas con el viento. Respiró la humedad, el olor a cigarrillo del cenicero, las cocinas vecinas, su propio aliento, sintió cada poro erizarse y contraerse. En este punto sus sentidos se agudizaron y le permitieron ver los últimos minutos de la vida con aquel cuerpo. Faltando sesenta segundos para las nueve, acercó una silla de mimbre al cristal y se subió en ella sin zapatos, apoyó un pie en el metal, alzó la cabeza, extendió los brazos, inhaló profundo y vio el cielo.

Miró el reloj y de un sólo impulso y sin pensarlo más, a las nueve en punto se lanzó contra el suelo, despojado por completo del miedo. Su cabeza se había aquietado, su corazón latía lento como la caída, escuchaba como el viento a esa velocidad chocaba su camisa como la bandera que se bate descontrolada en lo alto de un edificio en un aleteo intenso; y en su mente, tras sus ojos se proyectaba todo aquello que guardó con recelo: el amor más fuerte, el odio más intenso, la tristeza más infinita y la felicidad más eterna, todo y nada cabía en él.

La revelación de la vida y el secreto de esta tras sus ojos; esa era la razón por la que nunca entendió la mirada vacía de quién se lanza por completo, porque todo estaba tras aquel telón ocular ciego para los vivos y lúcido para los muertos, y ya no veía el pavimento, veía la luz al final de un vórtice que le daba una única salida. Lo vio, la vida se lo dijo, se lo dijo el universo, que mientras él caía hacía la inminente muerte del otro lado de ese vórtice había un nuevo ser naciendo. Iba directo a comenzar de nuevo, porque el ciclo de la vida y la muerte es eso: morir aquí y nacer allá, energía en movimiento, un círculo perfecto, parte de un sistema completo. Y Justo antes de cruzar por aquel hueco recordó pasar por allí para su anterior nacimiento y olvidó por completo su vieja vida, y todo aquello, en cinco segundos de caída.

lunes, 28 de abril de 2014

¡Puaaaaaaghh!

Vomitó, tanto como podía. Sentía que el cuerpo se le iba a partir en cada arcada. Las lágrimas salían involuntarias. El estómago le dolía, ya no quedaba más en él que aquél líquido amarillo que las abuelas llamaban ‘la bilis’. Dios, cuánto dolía, ni el peor de los desamores era comparado con vomitarla, con vomitar al punto de no tener ni alma para dejar salir.

La garganta le ardía, tenía los ojos encharcados y respiraba entrecortado, tirada junto a la taza del sanitario, con la mano sobre el regazo, como evitando que se le saliera la poca humanidad que le quedaba dentro.

Tratar de recostarse en la cama no era una opción, esta vez las cerámicas azules claro del suelo del baño eran lo más parecido a un buen sitio para descansar, para tratar de dormir. Necesitaba dormir, era evidente.

A medida que se cerraban los ojos la cabeza daba vueltas con velocidad progresiva y el mareo y las arcadas volvían. ¡Mierda! ¡Puta mierda! ¡Puaaaaaaghh!

El baño era un recinto sagrado para las largas noches de juergas, de excesos, de licor y cocaína, de sexo sin nombres y sin sexo, de malsana vida. No, no sentía arrepentimientos, bueno, sólo cuando el vómito aparecía.

Pensó en su culo. Recapituló la noche y trato de sentirse a sí misma a ver si le dolía. No, al parecer no, no dolía. O se había hecho experta, o eran expertos o su cerebro estaba concentrado por completo en la gastritis y baba amarilla, pero no en su culo, ni en los rastros de saliva y semen en él.

Temblaba, allí tirada, su cuerpo no podía dejar de temblar. Efectos de la mínima desintoxicación que arcada a arcada, su organismo le ofrecía. Las manos estaban frías y sudaba, y por su frente bajaba una gota salada que eventualmente, terminaría en su cuello y con suerte, entre sus tetas.

Las tetas también tenían residuos de saliva y semen, y sudor, mucho sudor. Residuos de cocaína, de licor y de todos los caprichos que tenía cuando quería dejarse follar sobre una mesa desconocida.

Necesitaba una ducha y una sopa caliente, o tal vez una verga, sí, una verga caliente. Los amaneceres de vómito y temblor siempre le dejaban en un estado de excitación pura, que dilataban su vagina, paraban sus pezones y le hacían querer ser cogida. Aunque sentía lástima de no poder meterla en su boca en días así, tragarla entera seguramente la llevaría de nuevo a meter la cabeza en esa taza.

¡Carajo! El mundo era una mierda completa si se le contemplaba en aquel estado de excitación, olores rancios y mareos de improvisto, mientras trataba de levantarse para entrar en la ducha. Sí, una buena ducha fría era lo que le ayudaría.

Detestaba el olor a cigarrillo pasado, prefería oler a sexo, a fluidos, a licor, pero jamás a cigarrillo, era una mala resaca, y su rastro en la boca borraba el sabor de cuanta verga se hubiera metido. La saliva se hacía espesa y le daba sed, le dolía la cabeza y sentía que era un cenicero de sesenta kilos con tetas pequeñas y el culo un poco caído.

Esta vez no iba a oler la ropa, ya no sentía su hedor, se había acostumbrado a aquel aroma de mundanales de mala muerte y noches permisivas, muy a pesar de su buen olfato. Sin embargo, mientras se quitaba esa carga notó algo nuevo en el olor de sus pesquisas.

Olfateo las prendas, buscando ese pequeño rastro, primero la camisa, por el cuello, las axilas, el pecho, el sostén tenía un rastro pero se hizo más fuerte en la falda, sí, no se equivocaba, allí estaba, olió las medias veladas, hasta allí llegó, pero la evidencia de que existía estaba en el encaje humedecido de su tanga. No reconocía de quién era ese olor, ese nuevo olor, ese invasor de su cotidianidad. Tiró todo de nuevo al cesto y se metió en la ducha.

Un chorro de agua fría salió con fuerza y cayó contra su cara, la eyaculación de su medicina, que le sacaría de esa mala amanecida. El agua levantó el olor de nuevo, estaba allí en todo su cuerpo, esta vez no había nicotina, ni perfumes baratos, ni químicos que sentir por sus miles de terminaciones nasales, no, era nuevo lo que sentía.

El agua fría irguió sus pezones y erizó los poros, bajaba por la espalda y hacía leves movimientos que rodeaban los hoyuelos debajo de la parte trasera de su cintura y se metían entre sus nalgas para terminar cerca de su vagina, chorreando por los muslos que se juntaban un poco, debajo del pubis.

Era claro, necesitaba ser cogida para sacarse la resaca y ese olor perverso que se había prendido de ella sin haberlo pedido. Tal vez unas lamidas primero y luego una fuerte follada. Con eso su ánimo se compondría.

¡Qué mierda de olor! Era intenso, molesto, empalagoso, dulce, frenético, fuerte, frío, magnético, era… una mierda, una completa mierda… ¡¿Qué carajos era?! ¡¿Cómo llegó a ella?!

Recapituló, cerró con esfuerzo los ojos, y tarareo a Aretha Franklin, porque dicen que tararear ahuyenta las náuseas, y es mejor que se vayan bien.

¿Quiénes estaban con ella? Su nariz hizo memoria, pasó por Antonia, Miguel, Carmen, Marina, Martín, y otros cuantos nombres, nombres que no estaba segura si pertenecían a esas caras, y siguió buscando en su fotografía de fluidos de la noche anterior, escena tras escena, tras gemidos, tras culos levantados, tras tetas firmes o caídas, tras vergas de todos tamaños, tras orgasmos, tras eyaculaciones, tras risas y luego entre la gente, una sobre otra dormida, y halló el rostro, halló el cuerpo, halló el beso.

No pudo reconocerle, no le recordaba dentro de ella, o encima, o  detrás, nada que le hiciera pensar que habían al menos compartido una venida. Solo su olor pegado, como las marcas prohibidas. Y supo, supo que si no recordaba habérselo follado era porque ese se le había metido… Y entonces vomitó, tanto como pudo, hasta que de nuevo le dolía estómago y le ardía cada que el líquido amarillo salía. Vomitó el amor, porque el amor sólo le duraba un día.

miércoles, 8 de enero de 2014

Fórmula para acabar los problemas de la nación

Estaba leyendo un artículo que encontré en la red “Cómo uno de los países más violentos del mundo acabó con la delincuencia [1]”, y bueno, me quedé pensando si la represión es el camino al cambio o habrá más posibilidades de subsanar y apaciguar esta guerra que esquina a esquina nos sigue matando, ¿será que existe una fórmula para salir de ese círculo vicioso que es la violencia que nos ha azotado durante tantos años?

Y no, no creo que haya una fórmula estándar para que los problemas comunes de la humanidad tengan la misma solución aquí o en la Conchinchina, en Singapur o en Croacia, o en cualquier parte de este enorme planeta. Eso de las fórmulas ya lo intentó el FMI para llevar desarrollo a los países más pobres y sacarlos de la crisis y fracasaron [2], porque no hay fórmulas que valgan frente al pensamiento humano, frente a las sociedades. Valdría la pena evaluar lo que hemos hecho siempre, que no ha funcionado y cambiar el chip.

No hablo de medidas casi inhumanas, sino de medidas distintas a las que se han tomado por años y no han funcionado. Replantear, pero, para eso se necesita un gobierno distinto elegido por nosotros usando un método de selección distinto, dejar de caer en lo mismo. Para cambiar la sociedad, ella misma debe querer cambiar... elegir el cambio.

Nos falta mucho para jugárnosla por el cambio, nos quemados en la zona cómoda, en esa del "maluco también es bueno", en esa de "cuando no hay más con mi mujer me acuesto", en esa de "hay gente peor, no podemos ser desagradecidos", zona citada en nuestros adagios populares y ejercida a diario por todos.

¿Deberíamos salir de allí?, ciertamente, sí. Pero, no basta querer, no basta quejarse en redes todo el tiempo o con el vecino, o en la calle. No basta ser testigos omniscientes que esperan que otros pocos, los del campo, los del estrato bajo, los del desempleo, los mal atendidos por las EPS, los que no tienen casa, los más afectados; levanten la voz.

Se necesita conciencia colectiva (una frase que viene sonado hace rato), nuestro mayor problema, pues vivimos en la disociación de ideas por cuestiones regionales y sociales. Se necesita que pensemos como colombianos, no como paisas, rolos, costeños, pastusos, boyacenses, llaneros o demás.

Sería bueno pensarnos como neuronas, que hacen parte del cerebro de un individuo global llamado sociedad, que en conjunto defiende una idea, una creencia, un objetivo y trabaja por ello.

Debemos dejar de lado las conciencias particulares departamentales que acuñan la idea de fronteras ideológicas y juntarnos como un sólo sujeto social; este podría ser el principio de una solidaridad compartida que de manera natural se puede extender cuanto más se practique.

Pensémonos como nación, no como un montón de subregiones, de tierras, de razas que, para pesar de los que las ejercen, hace mucho no significan nada. De mi parte soy paisa, no ejerzo, no es mi raza, porque mi raza es ser colombiana.

Divide y vencerás, pues, ya estamos divididos y vencidos. Ahora, tenemos que probar a unirnos contra los robos de los semáforos, contra nuestros asesinos, contra los abusos a nuestros derechos, contras las estafas, contra las violencias, contra los silencios que nos apaciguan y acallan, contra ese miedo recalcitrante que nos mantiene estáticos en nuestras sillas frente al monitor y sólo nos dejan una publicación indignada frente a cada situación.

Las voces se alzan afuera, en la vida real. No en 140 caracteres, un like o un compartido. Se necesitan acciones reales para cambios reales.

Y no se trata de armarnos como civiles y tomarnos la justicia en nuestras manos. Hacer justicia civil es retroceder, involucionar como sociedad a las formas más primitivas de justicia como los linchamientos y golpizas públicas que en medios hemos presenciado, entonces quedan las preguntas ¿y luego qué vendrá? ¿Las hogueras, las horcas, la decapitación?

Sea como sea, las medidas inhumanas como estrategia para solucionar los problemas de un país, en ocasiones no diferenciarán víctimas inocentes de victimarios, y siempre habrá una pérdida humana o una degradación social.

1 Cómo uno de los países más violentos del mundo acabó con la delincuencia
2 Desarrollo y Libertad
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