lunes, 28 de abril de 2014

¡Puaaaaaaghh!

Vomitó, tanto como podía. Sentía que el cuerpo se le iba a partir en cada arcada. Las lágrimas salían involuntarias. El estómago le dolía, ya no quedaba más en él que aquél líquido amarillo que las abuelas llamaban ‘la bilis’. Dios, cuánto dolía, ni el peor de los desamores era comparado con vomitarla, con vomitar al punto de no tener ni alma para dejar salir.

La garganta le ardía, tenía los ojos encharcados y respiraba entrecortado, tirada junto a la taza del sanitario, con la mano sobre el regazo, como evitando que se le saliera la poca humanidad que le quedaba dentro.

Tratar de recostarse en la cama no era una opción, esta vez las cerámicas azules claro del suelo del baño eran lo más parecido a un buen sitio para descansar, para tratar de dormir. Necesitaba dormir, era evidente.

A medida que se cerraban los ojos la cabeza daba vueltas con velocidad progresiva y el mareo y las arcadas volvían. ¡Mierda! ¡Puta mierda! ¡Puaaaaaaghh!

El baño era un recinto sagrado para las largas noches de juergas, de excesos, de licor y cocaína, de sexo sin nombres y sin sexo, de malsana vida. No, no sentía arrepentimientos, bueno, sólo cuando el vómito aparecía.

Pensó en su culo. Recapituló la noche y trato de sentirse a sí misma a ver si le dolía. No, al parecer no, no dolía. O se había hecho experta, o eran expertos o su cerebro estaba concentrado por completo en la gastritis y baba amarilla, pero no en su culo, ni en los rastros de saliva y semen en él.

Temblaba, allí tirada, su cuerpo no podía dejar de temblar. Efectos de la mínima desintoxicación que arcada a arcada, su organismo le ofrecía. Las manos estaban frías y sudaba, y por su frente bajaba una gota salada que eventualmente, terminaría en su cuello y con suerte, entre sus tetas.

Las tetas también tenían residuos de saliva y semen, y sudor, mucho sudor. Residuos de cocaína, de licor y de todos los caprichos que tenía cuando quería dejarse follar sobre una mesa desconocida.

Necesitaba una ducha y una sopa caliente, o tal vez una verga, sí, una verga caliente. Los amaneceres de vómito y temblor siempre le dejaban en un estado de excitación pura, que dilataban su vagina, paraban sus pezones y le hacían querer ser cogida. Aunque sentía lástima de no poder meterla en su boca en días así, tragarla entera seguramente la llevaría de nuevo a meter la cabeza en esa taza.

¡Carajo! El mundo era una mierda completa si se le contemplaba en aquel estado de excitación, olores rancios y mareos de improvisto, mientras trataba de levantarse para entrar en la ducha. Sí, una buena ducha fría era lo que le ayudaría.

Detestaba el olor a cigarrillo pasado, prefería oler a sexo, a fluidos, a licor, pero jamás a cigarrillo, era una mala resaca, y su rastro en la boca borraba el sabor de cuanta verga se hubiera metido. La saliva se hacía espesa y le daba sed, le dolía la cabeza y sentía que era un cenicero de sesenta kilos con tetas pequeñas y el culo un poco caído.

Esta vez no iba a oler la ropa, ya no sentía su hedor, se había acostumbrado a aquel aroma de mundanales de mala muerte y noches permisivas, muy a pesar de su buen olfato. Sin embargo, mientras se quitaba esa carga notó algo nuevo en el olor de sus pesquisas.

Olfateo las prendas, buscando ese pequeño rastro, primero la camisa, por el cuello, las axilas, el pecho, el sostén tenía un rastro pero se hizo más fuerte en la falda, sí, no se equivocaba, allí estaba, olió las medias veladas, hasta allí llegó, pero la evidencia de que existía estaba en el encaje humedecido de su tanga. No reconocía de quién era ese olor, ese nuevo olor, ese invasor de su cotidianidad. Tiró todo de nuevo al cesto y se metió en la ducha.

Un chorro de agua fría salió con fuerza y cayó contra su cara, la eyaculación de su medicina, que le sacaría de esa mala amanecida. El agua levantó el olor de nuevo, estaba allí en todo su cuerpo, esta vez no había nicotina, ni perfumes baratos, ni químicos que sentir por sus miles de terminaciones nasales, no, era nuevo lo que sentía.

El agua fría irguió sus pezones y erizó los poros, bajaba por la espalda y hacía leves movimientos que rodeaban los hoyuelos debajo de la parte trasera de su cintura y se metían entre sus nalgas para terminar cerca de su vagina, chorreando por los muslos que se juntaban un poco, debajo del pubis.

Era claro, necesitaba ser cogida para sacarse la resaca y ese olor perverso que se había prendido de ella sin haberlo pedido. Tal vez unas lamidas primero y luego una fuerte follada. Con eso su ánimo se compondría.

¡Qué mierda de olor! Era intenso, molesto, empalagoso, dulce, frenético, fuerte, frío, magnético, era… una mierda, una completa mierda… ¡¿Qué carajos era?! ¡¿Cómo llegó a ella?!

Recapituló, cerró con esfuerzo los ojos, y tarareo a Aretha Franklin, porque dicen que tararear ahuyenta las náuseas, y es mejor que se vayan bien.

¿Quiénes estaban con ella? Su nariz hizo memoria, pasó por Antonia, Miguel, Carmen, Marina, Martín, y otros cuantos nombres, nombres que no estaba segura si pertenecían a esas caras, y siguió buscando en su fotografía de fluidos de la noche anterior, escena tras escena, tras gemidos, tras culos levantados, tras tetas firmes o caídas, tras vergas de todos tamaños, tras orgasmos, tras eyaculaciones, tras risas y luego entre la gente, una sobre otra dormida, y halló el rostro, halló el cuerpo, halló el beso.

No pudo reconocerle, no le recordaba dentro de ella, o encima, o  detrás, nada que le hiciera pensar que habían al menos compartido una venida. Solo su olor pegado, como las marcas prohibidas. Y supo, supo que si no recordaba habérselo follado era porque ese se le había metido… Y entonces vomitó, tanto como pudo, hasta que de nuevo le dolía estómago y le ardía cada que el líquido amarillo salía. Vomitó el amor, porque el amor sólo le duraba un día.

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